CRISIS AMBIENTAL Y POLITICA: UN NUEVO MUNDO MÁS SINIESTRO NOS ESPERA
No soy experto en temas ambientales, y por
tanto el objetivo de esta entrada no reside en pronunciarse sobre los
diferentes escenarios que los expertos sobre cambio clímatico han vislumbrado
en sus estudios.
Busco señalar las consecuencias políticas derivadas
del constante martilleo que especialmente en medios de comunicación, y en
general en todos los espacios de reflexión social, se hace sobre los posibles
escenarios apocalípticos ambientales en el futuro de la humanidad.
Para empezar, se hace necesario recordar que
el nacimiento de la modernidad y el empoderamiento de los valores hegemónicos
burgueses han derivado en una percepción de legitimidad política atada al
enriquecimiento de las sociedades y el elevamiento constante del nivel de vida
de los ciudadanos.
Esta perspectiva permite resignificar la
lucha entre el capitalismo y las vertientes comunistas como una guerra civil,
pues en últimas la discusión sobre el ordenamiento de la sociedad se enmarca en
criterios de eficiencia y justicia: en cómo se garantiza una mayor generación
de riqueza y como se distribuye mejor.
Así mismo, permite entender que el problema
central (desde la perspectiva ambiental) en ambas tendencias enfrentadas es la
misma: son formas de organización social que requieren, como premisa no
escrita, la existencia de recursos naturales infinitos para su explotación; o
lo que es lo mismo, en el proceso que les dio origen nadie se percató que los
recursos naturales eran finitos.
Ello ha llevado a que el descubrimiento sobre
los efectos ambientales de la explotación sistemática y a gran escala no tenga
una solución dentro del pensamiento político de la modernidad, surgiendo
entonces un nuevo tropos que colisiona con la problemática económica para
generar una nueva superficie discursiva que prolonga la lucha política a nuevas
facetas de la humanidad.
Esta nueva superficie discursiva no tiene un
contenido político o económico apriorístico, y por lo tanto tiende a formar
articulaciones contingentes con las diferentes ideologías y postulados surgidos
alrededor de la modernidad.
El surgimiento de esa nueva superficie
discursiva ha producido un estallido de discursos ambientales que recorren todo
el espectro político; desde el ecofascismo y los movimientos terroristas que
abogan por la destrucción de la civilización moderna y el surgimiento de
cazadores recolectores post tecnológicos, hasta el ecosocialismo y las
diferentes vertientes asociadas al marxismo y que conciben dicha forma de
pensamiento la que contiene las claves para resolver el problema ambiental.
La necesidad de dichas articulaciones surge
como respuesta a un evidente deterioro de la capacidad hegemónica de los
sistemas políticos actuales; pues a pesar de las promesas permanentes (y de
resultados nada desdeñables) para todo el mundo es evidente que las condiciones
ambientales no permiten que la humanidad alcance colectivamente el nivel de
consumo de las clases altas de los países desarrollados.
Este proceso ha supuesto una especie de
estafa para las poblaciones de los países en vías de desarrollo, e incluso para
las poblaciones pobres de los países desarrollados, que entre más educación
reciben, más se hacen conscientes que sus posibilidades de ascenso en la escala
social son mínimas, cuando no nulas, y siempre por debajo de las expectativas
generadas por el sistema.
Además, tiene un efecto complejo en la
estructura social, pues al mismo tiempo descentra la discusión política de las
problemáticas económicos; y agudiza las tensiones políticas derivadas de la
incapacidad de las estructuras estatales de resolver las diferentes peticiones
de los colectivos, y que originalmente podían ser diferidas con la promesa de
ser atendidas más adelante.
Estos dos efectos abonan el surgimiento de actores
políticos irredentistas desde la perspectiva ambiental, que apoyados en las
clases medias más educadas, que son las que controlan el aparato estatal y
mediático, han generado un movimiento que pretende resolver la problemática
ambiental a partir de la adopción de rígidas medidas impositivas y de
restricción que afectan de manera desproporcionada a las clases bajas.
Además, al menos en Europa, se ha articulado
con un cierto movimiento esnob que repudia la masificación de los espacios
culturales tales como Museos, ruinas arquitectónicas, castillos etc, y que
pretenden establecer medidas efectivas para evitarlo, con un ropaje ambiental
que los pone a salvo de acusaciones de aporofobia.
En el proceso, se han revitalizado los
partidos verdes, el discurso se ha permeado de principios ambientales en los
partidos políticos de todo el espectro político, y además a la creación de políticas ambientales de
corte impositivo que son (al menos en parte) responsables de la brutal escalada
de precios de la electricidad en Europa en el último mes.
Esta discusión se debe enmarcar dentro de un
contexto socio político particular en Europa Occidental, donde las clases
populares son el 43% de los habitantes, y las clases medias (38%) y altas
(19%); razón por la cual las necesidades (y aspiraciones) de las clases
populares tienden a ser minimizadas incluso desde la perspectiva electoral;
algo que se ve agudizado porque en promedio las clases bajas votan menos, o
directamente carecen de derechos políticos por ser inmigrantes.
Por lo tanto, la discusión sobre los
problemas ambientales y los mecanismos que se desarrollan para modificar las
pautas de consumo de las personas deben entenderse como una reactivación de las
luchas políticas, que busca variar la estructura política para imponer nuevos
principios hegemónicos que vertebren las acciones sociales.
Así las cosas, es evidente que no es posible
enfrentar discursos irredentistas (solo) con datos sobre el mayor o menor
impacto de las acciones humanas sobre el planeta y sus complejas redes
ecológicas, pues en el fondo lo que se busca es modificar las relaciones de
poder para imponer nuevos principios hegemónicos, nuevos discursos que
resignifiquen los principios sobre los cuales se desarrolla la confrontación
política en las sociedades actuales, y en muchas ocasiones, la creación de un
sistema económico diferente con clases sociales dirigentes diferentes.
Esto, por supuesto, se da en un contexto en que la democracia se ha convertido en el Doppelgänger del capitalismo, de tal manera que es imposible pensarla sin estar profundamente contaminada (en el sentido filosófico, no médico) de los principios necesarios para la operativización de las lógicas económicas capitalistas; hace que el riesgo de la caída del capitalismo y de sus articulaciones hegemónicas suponga, ncesariamente, el fin de la democracia liberal moderna.
Esto no es un resultado escrito o esperable, pero es un riesgo cada vez más grande. En definitiva, hay pocos motivos para ser optimista, y más para pensar que en las próximas décadas se puede aproximar un mundo bastante más siniestro
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