LA CULTURA POPULAR: HIJA BASTARDA DE UN MATRIMONIO INVEROSIMIL

La lectura de las crónicas históricas siempre me pareció muy entretenida, pues me permitía imaginar otros universos, otras vidas, en fin, otras realidades diferentes, pero que al mismo tiempo eran muy cercanas y posibles... Y siempre me prendaron las altas cotas culturales alcanzadas por sociedades como la egipcia, persa, griega y romana, pues me parecieron siempre la forma en que debía vivirse una vida plena; pues eran personas dedicadas con pasión a la política y a la cultura.

Sin embargo, con el tiempo caí en cuenta que sí me encontraba una máquina del tiempo y viajaba a esas latitudes y épocas, muy seguramente no podría tener acceso a esos espacios de discusión política y cultural, pues los mismos estaban reservados a una elites minúsculas y bastante incestuosa mientras la masa inmensa vivía de manera diferente, con mucha sencillez y a veces al filo del hambre, con expresiones sociales y culturales propias y con unos objetivos propios aunque modestos.

Entender esta realidad crucial me llevó a preguntarme porque nuestra cultura es diferente, porque es tan importante la cultura popular y porque, cada vez más, se mide el éxito y la importancia de una obra maestra por la aceptación del público en general... aunque los puristas del arte se horroricen por la pérdida del monopolio de lo artístico en manos de unas minorías decadentes y arribistas que creen  que sus arbitrarios conceptos sobre lo estético son aún más valiosos... cuando muchas veces los construyen solo para negar lo popular. Mil veces he escuchado de mis amigos artistas quejarse de una canción o libro solo porque son demasiado populares.

Así que, ya sea directamente o por contraste, la cultura popular contemporánea es la verdadera expresión cultural de nuestras sociedades, de tal manera que cada vez más es frecuente que los ritmos, expresiones orales, música, sueños y demás componentes de las realidades político - culturales de las clases populares se filtran hasta los estratos más altos de las sociedades (incluso las muy clasistas latinoamericanas) y determinan sus formas de abordar el mundo; y ejemplos sobran: los corridos prohibidos, el reggaetón, el uso de expresiones barriobajeras como parce en Colombia, etc

Ahora bien, como sucedió eso? como evolucionaron los cánones culturales desde el medioevo hasta nuestras sociedades de masas? cuales son los condicionantes políticos, históricos, económicos y sociológicos que permitieron esa evolución? pues de esto trata esta entrada. Intento encontrar en la historia de las sociedades occidentales los clivajes que explican el surgimiento de nuestras sociedades de masas.

Empezare aclarando (como siempre) que considero que la historia no es el auto despliegue de sus condiciones iniciales, que el desarrollo de la humanidad no sigue un desarrollo lógico sino contingente, esto es, que la historia sucedió de la manera que conocemos como resultado de unas luchas cuyo resultado nunca estuvo predeterminado y que son el resultado de una alineación de fuerzas, combates, luchas y en general, del desarrollo político y militar de las confrontaciones entre actores históricos fácilmente determinables.

En este sentido, considero que una de las características fundamentales de nuestro tiempo es la existencia de un sistema que combina la democracia con voto universal como marco político institucional, y el capitalismo como modelo de desarrollo económico. 

Pero este resultado no es el único posible, y hasta cierto punto (como lo argumentaré adelante) no era previsible que pasara, pues la historia demuestra sin ninguna duda que existieron regímenes democráticos previos a la edad moderna tales como Grecia y el final de la República Romana, así como el fenómeno de la Democracia militar argumentado por Morgan en las tribus celtas, escitas y entre los antiguos normandos y germanos en el momento del rompimiento de los regímenes gentilicios originales.

Así mismo, las experiencias de la China actual, la Corea del Sur del general Park Chung-hee y el Chile Pinochetista demuestran que es posible la construcción de sistemas capitalistas funcionales y exitosos sin contar con un marco institucional democrático, aunque (quizá por contagio) dichos regímenes tienden a la instauración posterior de democracias de corte occidental

Sin embargo, no son esas las articulaciones políticas e históricas más importante que demuestran la posibilidad de construcción de estados capitalistas que no involucrasen la construcción de una democracia universal donde todos los ciudadanos tuviesen derecho al voto. No, la mejor muestra de que esa articulación no es necesaria (en el sentido en que no es una posibilidad ineludible) es la construcción del Estado Ingles propio del periodo de la revolución industrial, pues solo hasta 1832 se permitió el voto de las clases medias, y hubo que esperar hasta 1918 para que la supuestamente muy democrática Gran Bretaña aceptara el sufragio universal masculino... y no hablemos ya del femenino.

Pero aún más, uno de los mayores aliados de los borbones durante la revolución francesa fue... la Inglaterra que se suponía liberal. Esto parece ilógico a ojos modernos, pero es apenas lógico dentro del desarrollo político inglés, pues el fortalecimiento de las clases burguesas británicas se hizo de la mano de las capas aristocráticas de la sociedad, las cuales no tenían tan arraigados los prejuicios de clase de los aristócratas franceses y permitieron que los más ricos y poderosos burgueses entraran en el juego político y encontraron un espacio en la dirigencia de su nación e imperio.

Esta alianza es la mayor diferencia entre la entronización de la burguesía como poder determinante al interior de las sociedades norteamericanas y francesas por un lado, y los ingleses por el otro; pues las clases burguesas tanto del posterior EEUU como de la Francia de 1789 tuvieron que tomar el camino del uso de la fuerza para tener acceso al ejercicio del poder.

Y la razón es más bien sencilla si se presta atención a la evolución de la guerra de independencia americana y a la Revolución Francesa, pues ante la imposibilidad de contar con los elementos monárquicos y dinásticos tradicionales para reclutar ejércitos convencidos de la necesidad de cambiar el sistema político, y ante la clara evidencia de su poco número, tuvieron que recurrir a las clases inferiores que si bien es cierto no eran aún el proletariado capitalista, si eran clases desposeídas, trabajadoras y descastadas que no soñaban con contar con los medios necesarios para hacerse parte del sistema político pues ni siquiera contaban con los requisitos que los ingleses impusieron en 1868 para votar... ser dueños de una casa.

Así pues, su participación en la guerra supuso inevitablemente la apertura del sistema político a dichas clases, pues se hacía imposible sostener que dichos descastados tenían cualidades y cualificaciones suficientes para defender la revolución pero no para elegir los representantes de la Nación... máxime cuando las condiciones políticas del siglo XIX eran excepcionalmente inestables y era imprescindible que los descastados estuviesen dispuestos a seguir luchando por sus naciones.

En el caso de Estados Unidos, el propio lema que llevó a la independencia (no hay impuestos sin representación) invitaba a la construcción de un espacio nacional donde todos los ciudadanos participasen en la discusión política, en la medida en que los esfuerzos económicos llevados a cabo para conquistar el oriente de las 13 colonias suponía la imposición de impuestos indirectos (como el famoso impuesto del té que desencadenó la revolución) pagables por todos los ciudadanos... y por lo tanto suponía la necesidad de dotar de alguna forma de representación a quienes no eran propietarios y solo contaban con su fuerza de trabajo como medio de subsistencia.

Nota al margen, este mismo proceso explica porque en los territorios al oriente de las 13 colonias originales se fundaron estados propios con los mismos derechos de los originales, pues su colonización se llevó a cabo por ciudadanos que creían tener derecho a un autogobierno de la misma clase que sus antecesores de los estados originales.

En el caso de Francia, los esfuerzos militares y económicos de guerra llevaron a un resultado parecido, pues la lógica misma revolucionaria y las guerras exteriores desencadenadas por las potencias europeas contra la naciente República obligaron a una centralización brutal del poder político que tenía como contrapartida el derecho de todos a participar en las decisiones a través de sus representantes

Por eso, una vez independizado Estados Unidos, no pasaron 40 años antes de la adopción del sufragio universal masculino (blanco, aún existía la esclavitud), mientras que en Francia fue implantado en 1792, aunque producto de la perdida de la guerra su aplicación se vio suspendida hasta la caída del último Rey Capeto (1848, a la caída de Luis Felipe de Orleans, rama menor y ultima gobernante de la dinastía capetina).

Y este no era un proceso lógico ni derivado del liberalismo decimonónico o de la filosofía occidental de la época revolucionaria diferente a la francesa, pues autores como Kant, en la última década del siglo XVIII, seguían sosteniendo la necesidad de contar con una democracia restringida donde solo los propietarios tuviesen derecho a elegir y ser elegidos, y los asalariados fuesen ciudadanos "pasivos", esto es, sin derechos políticos

La simbiosis del capitalismo con la democracia representativa universal (primero masculina y luego completa) generó una fecundación sin precedentes que cambió definitivamente occidente, y más tarde, el mundo entero.

Lo que en principio era un simple arreglo institucional que servía de vehículo para la expansión de los valores hegemónicos de la burguesía como condición necesaria para la expansión del capitalismo, significó un cambio dramático por cuanto las naturales diferencias entre las diversas clases sociales, así como la creciente secularización de las sociedades nacionales como un mecanismo necesario para evitar las intromisiones del Papa Romano, conllevaron a la necesidad de recurrir a métodos nuevos para la construcción de las mayorías políticas necesarias para la gobernanza de los diferentes países.

Esto se hizo de una manera harto característica, pues tal y como sucedió en los comicios de la fase final de la República Romana, los políticos más inteligentes empezaron a construir alternativas populares que tuviesen en cuenta las necesidades, sueños y aspiraciones de las clases populares, donde estaban los principales graneros de votos.

(También copiaron de los romanos la brutal compra de votos y el uso de matones para intimidar a los remisos a apoyar a los candidatos preferidos, pero eso no es relevante para el presente escrito.)

Este proceso fue sin embargo frenado de varias formas a saber: por un lado los arreglos institucionales pretendieron evitar la demagogia desenfrenada propia de los estertores de las democracias populares establecidas en la Atenas Clásica y la etapa final de la República Romana; razón por la cual nuestras democracias son en realidad un arreglo más o menos inestable que pone en manos de los jueces crecientes poderes de decisión que permiten atenuar y en muchos casos directamente destruir las decisiones mayoritarias que se consideran atentan contra los fundamentos mismos del sistema democrático.

En segundo lugar, las clases populares aún no requerían mayores tasas educativas para desarrollar los trabajos fabriles para los cuales requerían los capitalistas su fuerza de trabajo, y por lo tanto la poca educación que recibían subrayaba el aprestigiamiento de las capas burguesas de la población y de sus gustos culturales como sinónimo de lo culto y lo bueno al que tenían que aspirar las clases populares para poder hacerse parte de las clases superiores mediante el ascenso social.

Este proceso sin embargo, se dislocó como producto (en mi criterio) del surgimiento del modelo fordista de producción, pues este permitió abaratar los costos de producción de muchos bienes, lo cual permitió el lanzamiento de productos (más allá de los mínimos necesarios para la sobrevivencia) al alcance de las clases menos favorecidas con unas tasas de ganancias razonables que permitieron la aceleración del consumo interno de los países desarrollados, con un permanente elevamiento de los ingresos (siempre respetando los ciclos de producción económica conocido como ondas de Kondratiev); lo cual obligó a los fabricantes a realizar (al principio de manera empírica pero cada vez con mayores intenciones de cientificidad) lo que hoy conocemos como estudios de marketing.

Es decir, las empresas empezaron a preocuparse por los gustos de los asalariados, sus necesidades y problemáticas, sus sueños y aspiraciones; pues en el perfecto conocimiento de dichas condiciones estaban las oportunidades de negocio.

Este proceso además se vio fortalecido por el nacimiento de dos industrias gemelas: el cine y la televisión, si bien por razones diferentes. En el caso del cine, como quiera que las producciones realizadas dependían de los ingresos generados en entradas, se requería necesariamente hacer películas que atrajeran millones de espectadores a las salas de proyección; algo simplemente imposible si las películas se centraban exclusivamente en las problemáticas de los estratos superiores de las sociedades.

Así mismo, le surgimiento de la televisión impulsó dicho proceso, pues en la medida en que en principio la televisión se construyó bajo un modelo de emisión gratuito para conquistar a la población, se decantó por la emisión de comerciales como el mecanismo adecuado para generar ganancias.

Pero como quiera que la emisión de las cuñas comerciales suponían un gasto enorme (debido a la penetración creciente de la televisión en los hogares y por lo tanto al número de potenciales compradores), los industriales y comerciantes no podían invertir salvo que tuviesen unos productos masivos, baratos y que llenasen las necesidades de los ciudadanos del común.

Este proceso se vio coronado gracias a una imagen política impactante: la del debate televisivo entre John F. Kennedy y Richard Nixon, pues mientras quienes oyeron el debate por radio consideraron ganador a Nixon, quienes lo vieron por televisión se prendaron de la juventud y el carisma de Kennedy lo elevaron hasta la presidencia.

Esta elección, así como la capacidad de los medios masivos de comunicación nacientes de acabar con la guerra en Vietnam, hicieron consciente a la clase política de los diferentes países sobre las potencialidades políticas de la televisión; en un proceso que además se retro alimentaba en la medida en que permitía a los ciudadanos del común considerarse cada vez más como los verdaderos representantes de la voluntad nacional; proceso que al menos en Estados Unidos se hizo claro en la década de los 70 del siglo XX, con todos los disturbios que desestabilizaron esa Nación.

A partir de allí, cada vez más los políticos alinearon sus estrategias políticas en el mismo sentido de los empresarios consolidados gracias a la industria televisiva; dejaron de hacer política exclusivamente para el logro de los sueños y aspiraciones de las clases más acomodadas y empezaron a construir un imaginario en que ellos eran el pueblo.

No, no sus representantes (teóricamente siempre lo habían sido) sino el pueblo mismo. Es decir, el hijo del vecino, el compañero de colegio, el amigo de la taberna. Es decir, un hombre que compartía sus necesidades y sus gustos, que entendía sus carencias y cuya intención era luchar por sus comunidades y representar sus necesidades y sueños.

Este proceso está siempre latente en todas las democracias, pues es claro que ganarse a los votantes significa empatizar con ellos; sin embargo el nacimiento de los medios masivos de comunicación, el surgimiento de los paparazzi y de la prensa amarillista supuso un continuo escrutinio de los políticos que hacía cada vez más difícil la relación hipócrita típica de las democracias anteriores a 1970, pues ya no era tan fácil aparentar ser un hijo del común en elecciones para luego encerrarse en sus mansiones y gobernar exclusivamente con sus amigos.

No, cada vez fue más necesario contar realmente con el hombre del común, ser como el, parecerse. La vieja costumbre  de los aristócratas de abrirle a la prensa sus mansiones y mostrar con orgullo sus tesoros y todo aquel lujo, glamour, arte y dinero fue resignificada y convertida en un instrumento político donde el candidato (o el funcionario ya elegido) mostraba su familia, sus posesiones, sus gustos y sus éxitos sí, pero con la intención de mostrarle cada vez más a los votantes que dicha persona es una más. Sí, con más suerte y dinero pero...

Pero en esencia igual. Es decir, que tiene una mujer como la tuya, más bonita claro, pero igual de hacendosa, discreta, preocupada, arreglada y todo lo que se supone (suponía para esa época) debe ser una buena esposa. Si, tiene una casa más lujosa, pero en esencia es la casa del votante. Es decir, la casa que tendría (o que sueña en tener) el votante si adquiere el status del político.

Podría seguir, pero creo que el punto queda bien retratado. El político convierte su vida en un escaparate para que los ciudadanos vean que este no es solo un líder sino un amigo, alguien que entiende sus necesidades y actúa en consecuencia.

Pero... no solo les pasa a los políticos. En general los grandes empresarios copian la dinámica en la medida en que deben esforzarse por comprender mejor a las masas para lanzar el siguiente producto que va a romper el mercado. Cada vez son más necesarios los estudios de marketing y el conocimiento de la población, lo que desemboca en un proceso parecido al señalado anteriormente; pues en la medida en que el industrial se identifica con el ciudadano común es mucho más capaz de generar productos que este considere necesarios y útiles.

En esta dinámica general, los que se han hecho cada vez más ricos han sido aquellos capaces de participar de los procesos políticos y anticipar las necesidades de los mercados florecientes; algo que además ha variado con el tiempo en tanto el agotamiento del modelo fordista de producción y la consiguiente irrupción de las múltiples posibilidades de identificación del ciudadano con estructuras políticas e identitarias nacientes supuso una segmentación del mercado que se ha acompañado con instrumentos cada vez más sofisticados de estudio de los gustos poblacionales; lo cual ha reforzado el proceso de empoderamiento de la cultura popular en el ámbito cultural.

Este proceso aún no finaliza, pero cada vez es más claro que los reductos que condenan el art pop están condenados a desaparecer o volverse cada vez más irrelevantes, pues la cultura (al igual que cualquier producto vendible) se ha transformado en una mercancía más a la cual se le aplican los criterios del marketing para poder vender de manera masiva las películas, libros, obras, musicales etc.

Esta es, en mi criterio, la dinámica que hace de la cultura popular el centro de la discusión cultural actual; res simplemente el hijo bastardo de un matrimonio no querido e incluso inverosímil, producto exclusivamente de las necesidades históricas y políticas de las luchas que alumbraron el mundo moderno...


A modo de conclusión, me pregunto (ociosamente, lo se) sí este proceso era el que tenían en mente los grandes revolucionarios franceses y norteamericanos al levantarse en armas para destruir el Ancianne Regimé...

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