Los límites de la democracia II: España
La
construcción de las identidades políticas en occidente surge como un proceso de
identificación de grupos de personas que se consideran iguales o equivalentes
ante la presencia de un tercero que en esencia no es diferente, pero que es
excluido de la comunidad como aquel que no permite que el colectivo alcance la
plenitud que en teoría le es reservada por la historia al grupo humano en
proceso de construcción identitaria.
Así, la
construcción de las identidades nacionales en Europa pasó por un proceso de
identificación de las comunidades imaginadas como homogéneas, a través de un
proceso despiadado de destrucción de las identidades regionales diferenciales
al interior del Estado, y con un guerrear constante con las otras naciones
europeas que no le permitían incorporar en su interior a todos los grupos
humanos considerados parte de la nación en proceso de construcción.
Este
proceso no fue homogéneo, pues mientras que en Francia se destruyeron en
la práctica todas las identidades nacionales diferentes a la francesa, en
países como El reino Unido, España y el fenecido Imperio Austro Húngaro, se
conservaron identidades nacionales hoy llamadas periféricas y que supuso la
existencia de estados más o menos descentralizados que tendieron a conservar
procesos políticos, sociales, económicos y lingüísticos propios en las
naciones no dominantes.
Este
proceso, al mismo tiempo tuvo que ser compatibilizado con la construcción de
sociedades democráticas durante los siglos XIX y XX, donde la construcción del
capitalismo burgués y la necesidad de contar en los conflictos armados con
ejércitos nacionales no mercenarios, llevaron poco a poco a la liberación del
derecho de voto y al empoderamiento de las masas como agentes de cambio dentro
de los estrictos límites de la legalidad de las sociedades burguesas.
Esa
compatibilización, irónicamente, tendió a reforzar el poder del nacionalismo,
pues la democracia se convirtió en una herramienta de clara identificación del
tercero excluido al construir una exterioridad donde quien no es pueblo no solo
no tiene derecho a votar sino que es al mismo tiempo una reserva idónea para
hace uso en tiempos de crisis como cabeza de turco, siendo fácilmente
convertido en ese tercero que contamina la identidad nacional y no permite la
plenitud del pueblo
Así, las
democracias son fundamentalmente espacios nacionales más o menos cerrados,
donde conviven diferentes tipos de personas cuyos derechos dependen de la
adscripción nacional que posean; aunque hay que reconocer que casi todas
permiten la adquisición de la nacionalidad si se cumplen unos requisitos más o
menos exigentes.
Por
supuesto, los retos de los espacios nacionales donde no conviven diferentes
nacionalidades tienen unos problemas políticos más simples que siguen el eje
tradicional izquierda - derecha, y el enemigo nacional suele ser extranjero,
mientras que los estados donde conviven diferentes naciones suelen combinar
problemas derivados de este eje con problemas específicos del eje nacional, lo
cual hace más complejo el espacio político y añade dificultades, retos y
oportunidades que han sido afrontados por los Estados de maneras diferentes,
teniendo en cuenta su historia particular y las necesidades políticas del
momento.
Así, en
el caso del Reino Unido, se pueden distinguir dos reacciones absolutamente
contrapuestas al problema nacional, pues no es lo mismo su muy
democrática reacción frente a la demanda escocesa de hacer un
referéndum de autodeterminación que su brutal reacción contra la solicitud
de la minoría católica de Irlanda del Norte de adelantar un proceso
democrático que lleve a la unión de Irlanda; diferencias que tienen una
clara explicación en su desarrollo histórico, pues mientras que Irlanda fue una
colonia y siempre se le trató así, Escocia fue una nación diferente cuya
unión fue producto de una operación dinástica donde el rey de Escocia
devino en rey de Inglaterra en una unión personal que conllevó una construcción
política respetuosa de la diferencia nacional escocesa.
En el
caso específico de España, el proceso de construcción nacional desarrollado
según el modelo austro húngaro de convivencia entre diferentes
nacionalidades con una corona común fue abruptamente interrumpido por la
sustitución dinástica con el advenimiento de Felipe V (Borbón) en 1701 y la
consiguiente guerra de sucesión española que finalizó en 1714 y conllevó la
destrucción del modelo federal vigente y su sustitución por un modelo
centralista de predominio castellano que procuró ahogar los nacionalismos
periféricos según el modelo francés.
Este
proceso de sustitución nunca fue completo, pues al menos 3 nacionalidades
diferentes a la española siguen vigentes en la actualidad; tanto el País Vasco
como Cataluña y Galicia mantienen una identidad diferenciada que incluye no solo
una cultura diferente sino una lengua propia que ha permitido potenciar su
particularidad histórica; lo cual se ha acompañado por un intento más o menos
continuado del estado español por extirparlas para garantizar su estabilidad
(que, por supuesto, solo era puesta en cuestión por estas regiones debido al
afán de extirpar su identidad propia).
Este
proceso histórico es además agravado por la dictadura franquista, pues mientras
los estados de la Europa Occidental estabilizaban sus regímenes democráticos
después de la segunda guerra mundial y desarrollaban instituciones democráticas
con poblaciones educadas en la diferencia y en la solución pacífica de los
conflictos políticos; España desarrollo un sistema dictatorial donde las
instituciones estaban al servicio de un proyecto político totalitario que tenía
como finalidad el mantenimiento de su unidad y de los principios
ideológicos del franquismo.
Ahora
bien, este es un proceso que terminó hace más de 40 años y que dio origen a una
constitución muy avanzada y a un sistema político descentralizado y en la práctica
federal, donde sin renunciar a la unidad de España se dio reconocimiento a los
nacionalismos periféricos y se les dotó de herramientas legales para
desarrollar sus propios proyectos políticos, educativos y nacionales; proceso
que ha potenciado las identidades periféricas y mixtas, con una compleja red de
lealtades políticas; sostenido por un rápido mejoramiento de la calidad de vida
y del bienestar económico que ocultaba las pulsiones latentes capaces de
producir enfrentamientos políticos de primer orden.
Este
arreglo tenía un límite más o menos informal: no se podía poner en cuestión la
unidad de España por cuanto fue una de las concesiones que le arrancaron las
élites franquistas y el ejército a los políticos que encabezaron el proceso de
transición, y que ha sido resumida brillantemente por Pilar Rahola cuando
cuenta su conversación con Juan Carlos I sobre la problemática catalán: el Rey
emérito le dijo que no se olvidara que él contaba con el ejército y que le
prometió a su padre (y me atrevo a pensar que a Franco para que lo entronizara
como su sucesor) mantener a toda costa la unidad de España.
Por ello,
la forma en que se afrontó el conflicto vasco y la lucha con ETA auguraba de
entrada que sí bien es cierto la nación española renunció a los principios
ideológicos del franquismo e hizo una transición ordenada y modélica a una
democracia moderna, no renunció al otro pilar que sostenía el régimen
franquista: la unidad española como ethos fundante del quehacer político.
Esto se
hizo evidente no tanto durante los años de la guerra brutal contra el
terrorismo etarra, sino cuando el aparato político de la izquierda arbelatze
(empujado por la ley de partidos que le negó la posibilidad de presentarse a
las elecciones en tanto no se desligara de la violencia de ETA) empezó su
paulatino alejamiento de la justificación de la lucha armada como mecanismo
legítimo de lucha política, pues se le siguió (y se le sigue) negando
legitimidad para representar normalmente a sus electores y se le sigue
persiguiendo por delitos relacionados con una banda extinta y que previamente
llevaba años sin ser operativa.
Así las
cosas, y como quiera que la combinación de represión policial y judicial, así
como la asfixia política del entorno etarra fueron suficientes para destruir el
MVLN y desarticular a ETA, la derecha española pretendió recurrir a los mismos
mecanismos para someter las ansias independentistas catalanas, dejando en manos
de los jueces la gestión de una lucha política a la cual renunció para
potenciar sus ganancias electorales en el resto de España.
Esto
supuso un error enorme, pues la legitimidad del uso policial y judicial para
resolver el problema vasco estaba íntimamente asociado al uso del terrorismo
por parte de ETA; algo que al estar ausente en la problemática catalana hacía
imperativo el uso de figuras políticas para contener el conflicto y encausarlo
a partir del marco constitucional.
Por ello,
el fallo del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, la reacción
exclusivamente judicial sobre la gestión del referéndum de independencia y la
posterior represión judicial contra sus líderes no ha producido una reducción o
neutralización del conflicto sino una agudización del mismo, pues amplias capas
de la población catalana no entienden por qué un conflicto político que ha sido
democrático y pacífico debe terminar con personas encerradas y amenazadas con
largas penas de prisión que, de cumplirse las peores expectativas, los tendrá
en prisión tanto tiempo efectivo como a los sanguinarios líderes de ETA.
Esto por
supuesto enfrenta una paradoja irresoluble: al mismo tiempo se encuentra un déficit
político (y por tanto democrático) en la forma en que se enfrenta el tema
catalán, sin que se pueda negar que el uso mismo de los tribunales es
democrático, y que no se puede pretender que una democracia no juzgue aquellos
hechos que ponen en riesgo su estabilidad y que están enmarcados dentro de
posibles conductas punibles en el Código Penal.
Esta
paradoja no se puede resolver desde lo judicial, claro, sino desde lo político.
España debe encontrar los equilibrios políticos necesarios para poder dar una
solución política que corre el riesgo de cronificarse y poner en entredicho su
carácter democrático. Esta solución no pasa, necesariamente (aunque yo
creo que es la mejor solución), por aceptar un referéndum, pero si por un
rediseño institucional que le permita dar salida a las quejas de los catalanes
y que le permita recuperar su prestigio y cariño en todos aquellos catalanes
(hasta el 80%) que se consideran al menos parcialmente españoles.
Este proceso solo será posible con una Segunda Transición, donde se abandonen completamente las salvaguardas franquistas y se establezcan equilibrios políticos suficientes que permitan el extirpamiento de todos los grupos de poder que resguardan esas salvaguardas; sin que ellos suponga una purga de los elementos conservadores de las diferentes entidades del Estado Español.
Este no es un proceso fácil, y menos cuando existen amplias capas de la población española dispuesta a aplastar los nacionalismos perífericos y una élites madrilistas que irresponsablemente coquetean con la extrema derecha española para mantener su poder dentro del estado español, del cual derivan su prestigio y riqueza.
La pregunta que surge al final, es sí los elementos democráticos del estado español tienen la fuerza suficiente para realizar este proceso, o sí la extrema derecha española arrastrará a España a una democracia iliberal como la Hungría de Orbán
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