Arde Cataluña
Y hay sentencia. Y condena a los líderes políticos y
sociales catalanes a penas entre 9 y 13 años. Y por lo menos 3 de esas condenas
son completamente injustas. Y no podían ser justas así fueran absueltos porque
en este tipo de procesos judiciales es imposible encontrar la distancia debida
entre los jueces y los hechos que deben ser juzgados. Y la gente en Catalunya
no acepta la sentencia, y no es pacata minuta, pues supone el reconocimiento de
la ruptura definitiva entre el independentismo y el resto de Catalunya, y entre
la Catalunya independentista y España.
Y arde Catalunya, producto de la indecencia
de sus políticos que son incapaces de decirle a las bases independentistas la
verdad de la situación: no habrá independencia en el corto plazo porque la correlación
de fuerzas es abrumadora a favor de España y no cambiará sin un trabajo
político de largo aliento, o como dicen los catalanes "amb llums
llargues" (con luces largas, es decir con mirada de futuro) para modificar
la situación de inferioridad absoluta de Catalunya.
Y arde Catalunya, por la incapacidad de
España de encontrar mecanismos de solución diferentes al uso de la nuda fuerza
que deriva del Estado de Derecho y de la aplicación de justicia, de darle
satisfacción a las legítimas reivindicaciones de los catalanes de replantear la
relación entre España y Catalunya ante un proceso acelerado de concentración
del poder de los diversos estados modernos, producto de una crisis
recurrente de su sistema económico que corre el riesgo de convertirse en sistémica.
Y seguirá ardiendo, sin duda, porque una
parte (aún no se sabe de qué tamaño) está desengañado de la protesta no
violenta que no solo no conduce a nada sino que además hace cómoda la actuación
del gobierno español que no ha vuelto a tener que asumir un desgaste en su
imagen internacional como sucedió el 1 de octubre de 2017.
Pero... porque arde? qué pasa? porque no se
impone el sentido común y todos se desarman un poco para buscar una solución
razonable para todos, que permita resolver los problemas graves que deben
resolver tanto la administración española como la catalana?
Pues, la respuesta corta: es porque no
quieren. El conflicto ha sido el mecanismo perfecto usado por las élites de
ambos lados para esconder sus vergüenzas en forma de corrupción sistemática,
recortes abusivos para hacer recaer sobre los más pobres los efectos de la Gran
Recesión de la que aún no se recupera el mundo; y sobre todo, porque este
enfrentamiento entre pueblos hermanos les ha permitido mantener el poder y
seguir disfrutando de los cargos y sueldos públicos para sí mismos y para sus
clientelas políticas.
Sin el próces ERC no hubiese estado en
posición de convertirse en el primer partido catalán y los convergentes
hubiesen abandonado hace años el poder por la ineptitud administrativa de Artur
Mas y la corrupción del gran padrino de la mafia catalana: Jordi Pujol.
Recordemos que hoy gobierna quien fue escogido a dedo (Torra) por quien fue
escogido a dedo (Puigdemont) por quien fue escogido a dedo (Más) por Jordi Pujol;
y al otro lado de la frontera, el PP no hubiese podido sostenerse como primer
partido en los últimos 8 años y el PSOE hubiese seguido el destino de los
partidos socialistas francés e italiano y se hubiese hundido en la irrelevancia
de sus contradicciones políticas al decirse socialista pero gobernar con
políticas neo liberales si el próces no hubiese establecido unas cordenadas
políticas alejadas de las realidades económicas a lado y lado de la frontera
catalano aragonesa.
Y esto no quiere decir que no existan razones
de parte y parte que explican el conflicto, y que analizaré someramente a
continuación, solo quiere decir que a los políticos les va bien el conflicto y
no tienen ningún interés en resolverlo en el corto plazo hasta que no consigan
dominar la escena política a su antojo.
Empecemos con el esbozo, necesariamente
parcial, de las razones que de lado y lado alimentan las posiciones extremistas
de dos nacionalismos que pueden desbocarse en cualquier momento y causar una
desgracia de dimensiones imposibles de predecir.
Primero hay que empezar por señalar que en
España existen varias naciones que conviven en un solo estado, pues no solo
existe la nación española (hija directa de la nación castellana) sino también
las naciones gallegas, vasca y catalana, que han vivido de manera más o menos
pacífica desde la unificación de los reinos peninsulares que finalizó con la
supresión de la autonomía del antiguo reino de Aragón después de la
guerra de sucesión española y concretado en el Decreto de Nueva Planta en
1713.
Es necesario señalar que ese Decreto no
abolió exactamente los derechos de los catalanes sino de la nobleza catalana y
de sus burgueses, pues la inmensa mayoría de los catalanes (como todos los
habitantes de los reinos europeos de su época) carecían de derechos políticos
efectivos, y no participaban más que como sujetos pasivos del desarrollo
histórico de las naciones.
Este movimiento centralista hay que leerlo en
clave de la nacionalización de los estados europeos, que empezó con los reyes
absolutistas y que vio continuidad en las repúblicas y monarquia
constitucionales nacidas con la ola revolucionaria del siglo XIX y que en
España fue incompleta en tanto no extinguió las otras nacionalidades, pero que
fue lo suficientemente fuerte para que la mayor parte de los nacionales
catalanes, vasco y gallegos se consideran al menos en parte Españoles.
En principio en Cataluña, los problemas
derivados de esta centralización no se entendieron en clave nacional hasta que
a finales del siglo XIX (en el sexenio revolucionario de 1868 - 1874 según
Elliot) surge el nacionalismo catalán como forma de expresión política de la
nación catalana que se construye de manera retroactiva y se afinca en las
libertades (nobiliarias) del principado catalán integrado en la Corona de
Aragón y que tiene como finalidad última dotar a los països catalans (países
catalanes, expresión que incluye no solo a la Cataluña sino también a Valencia,
las islas baleares, la Cataluña norte francesa que corresponde al departamento
de los pirineos orientales y la franja de Aragón) de un mecanismo político de
expresión y de protección de su singularidad cultural en general y en especial
de la lengua catalana que, como era común en los procesos de nacionalización
europeos, se abocaba a la desaparición y substitución por el castellano (en
América Latina decimos Español) como mecanismo de cohesión nacional en todos
los territorios españoles.
Con posterioridad a dicho sexenio, las
diferentes olas revolucionarias españolas que desembocaron en la guerra civil
de 1936 incluyeron diversas tensiones territoriales que llevaron a la
declaración del Estado Catalán dentro de la República Federal Española por el
President de la Generalitat Catalana Lluis Companys, y con la consiguiente
intervención del gobierno de la República Española, la captura y el
encarcelamiento de Companys.
El fin de la República Española por la pérdida
de la guerra civil y el nacimiento de la dictadura franquista supuso un alto en
las tensiones territoriales por la vía de la brutal represión de la disidencia
de todo tipo (la de las naciones periféricas en pie de igualdad con la de los
disidentes políticos) que buscaba la entronización de "España, Una, Grande
y Libre"; un lema que por supuesto suponía la desaparición de los
nacionalismos periféricos y que se concretó en brutales ataques físicos y
económicos en forma de multas, a quienes se expresaban en catalán, en la
prohibición de la lengua catalana y en la hegemonización de un discurso
españolista que ridiculizaba la diferencia nacional catalana (supongo que
también en vasco y gallego, pero no he estudiado el tema) con castigos desde la
escuela misma, donde se tildaba de burros a quienes se expresaran en Catalán.
Sí bien es cierto que en la última etapa de
la dictadura se aflojaron un poco las riendas, fue con el pacto que dio origen
a la transición y a democracia que se abrieron las puertas para una nueva
reconfiguración del espacio político español con el surgimiento de un estado
autonómico que le reconoció a los nacionalismos periféricos y a las regiones
históricas españolas el derecho a un amplio margen de autonomía consistente en
el derecho a tener instituciones propias y a manejar de acuerdo con sus
intereses y necesidades amplias franjas de las políticas estatales; así, tanto
la salud como la educación, las políticas activas de empleo, una parte de los
impuestos que se pueden regular en clave autonómica, la existencia de cuerpos
policiales autonómicos y el manejo de una parte de las infraestructuras
estratégicas son parte de las competencias ejercidas con regularidad por las
comunidades autónomas.
Esto en principio fue suficiente para los
nacionalismos periféricos porque les permitió reconstruir su tejido social
dañado por la dictadura e iniciar un proceso de recuperación, re significación
y reconstrucción de su legado cultural; lo cual aunado a una generación que se
negaba a permitir que los conservadores del PP (herederos de la tradición
derechista española y cuyo espectro iba de la extrema derecha a la derecha más
europeísta) gobernaran la España pos franquista hasta 1996 permitió un modus
vivendi entre las élites nacionales periféricas y las españolas, de tal manera
que los partidos nacionalistas catalanes se convirtieron en aliados necesarios
de los diferentes gobiernos, incluido el primero de Aznar quien pasó de oír a
sus bases estallar en júbilo cantando "Pujol enano, aprende
castellano" en la noche electoral del 3 de Marzo de 1996 a decir que
hablaba catalán en la intimidad para conseguir el apoyo convergente y ser
investido jefe de gobierno, permitió un ejercicio equilibrado de las
divergencias nacionales.
Sin embargo, el Aznarismo inició un periodo
de auge del nacionalismo español que usó como enemigo necesario a los
nacionalismos periféricos de tal manera que no dudó en sacrificar su (poco)
apoyo electoral en Cataluña para cortejar el voto más nacionalista e incluso
fascista de la derecha española con la finalidad de asegurar la hegemonía
política por décadas a favor de su organización política.
Esta operación le estallo a la cara con los
atentados islamistas de Atocha y su oportunismo político que pretendió culpar a
ETA para garantizar una nueva mayoría absoluta, que permitieron al PSOE volver
al poder, pero sin que fuese posible reconducir la situación anterior por
cuanto el aparato político del PP siguió la senda marcada por Aznar y perpetuó
una batalla en contra de los nacionalismos periféricos con un acoso mediático y
judicial permanente como mecanismo de crispación para consolidar su espacio
político.
Del lado catalán, en paralelo se vivió el
desgaste de la hegemonía política de Convergencia i Unió que en las elecciones
de 2001 perdió las elecciones a manos del llamado tripartito catalán que
coaligó a PSC (Partido Socialista Catalán), ERC (Esquerra Republicana de
Catalunya) e ICV-EUiA Iniciativa
per Catalunya Verds- Esquerra Unida
i Alternativa y sólo en el 2010 de la mano
de Artur Más pudo retornar al poder, para realizar los más salvajes recortes de
toda Europa Occidental salvo Grecia, que aún hoy tienen a miles de estudiantes
en barracones y periodos de espera absurdos en la sanidad pública.
Evidentemente esto supuso un
brutal desgaste en el apoyo político de su partido y lo llevó a abrazar el
independentismo como coartada para perpetuarse en el poder, aliándose con ERC y
con la CUP (partido de extrema izquierda) para llevar adelante un insensato
desafío al Estado Español que además no pudo manejar porque la extrema
izquierda lo hecho a la papelera de la historia en el 2015 y permitió el
ascenso del mayor pirómano de la Cataluña moderna: Carles Puigdemont.
Puigdemont es un oscuro provinciano que nunca
hubiese podido acceder por sus propios méritos a dirigir la Generalitat de
Catalunya, pero que fue escogido por un dedazo que aún hoy debe lamentar Artur
Mas; y con la finalidad de no perder la mayoría parlamentaria se dejó
imponer una agenda unilateral suicida que está terminando en este preciso
momento en medio del fuego y de la incapacidad del títere de Puigdemont en el
poder, que no tiene ni la capacidad ni la visión ni la firmeza para llevar la
sensatez que hoy requiere el independentismo catalán.
En el fondo del problema subyace una realidad
innegable: el independentismo catalán quiere una casa propia para construir su
propio proyecto de vida alrededor de sus propios valores que, si bien es cierto
no son incompatibles con los de los otros pueblos de España, tampoco tiene
necesariamente que construirse de manera colectiva sí uno de los sujetos
políticos prefiere hacerlo en solitario.
Y para ello han construido un discurso
nacionalista aunque vacilante, con una reconstrucción retroactiva de su
historia para reivindicar una continuidad histórica desde hace mil años
para legitimar su discurso actual (vamos, como hacen todas y cada una de las
naciones del mundo, no es nada raro). Pero este discurso no se construye en el
vacío, ni es necesariamente una construcción falsa y victimista (aunque un poco
si, como todas repito): como uno de los principales motores económicos de
España contribuye con más impuestos que los que recibe sin que el gobierno
nacional haya buscado una fórmula para establecer un mínimo equilibrio que
libere recursos para la población pobre en Cataluña.
Y también es cierto que existe una veta
catalanofoba profunda en los nación española que lleva a la construcción de una
serie de mentiras sobre el carácter catalán, que detesta que los chicos
catalanes no sólo hablen castellano sino también catalán, que rechaza
instintivamente la existencia de un hecho diferencial de carácter nacional y
cultural; que no respeta la diferencia y que en su versión más extrema pretende
la eliminación de la diferenciación nacional y la absorción de la nación
catalana por parte de la cultura española.
Y también es cierto que hay un doble rasero
judicial para medir el contenido de los estatutos de autonomía de Cataluña y de
otras comunidades autónomas, estatuto que es necesario señalar que se aprobó en
contra de la voluntad de los independentistas que no aceptan nada menos que la
independencia. Ese doble rasero llevo al absurdo de anular normas incluidas en
otros Estatutos Autonómicos y que no lo fueron en su momento.
Y también es cierto que España renunció a la
política para judicializar un problema eminentemente político que no puede ser
resuelto por la judicatura, que tiene como misión exclusiva aplicar una ley que
le ha sido dada y que no puede ni debe modificar para favorecer a ninguno.
Pero, no sólo hay errores del lado español ni
temores bastante bien fundados del lado catalán, que también creo necesario
mencionar: el independentismo catalán ha usado técnicas de construcción del
enemigo para galvanizar la población catalana con un tinte abiertamente
xenófobo y en ocasiones racista, acusando a los españoles de robarlos,
silenciando que la balanza comercial con el resto de España es tan
extraordinariamente favorable a Cataluña que supone el 70% de sus
exportaciones.
Y a los andaluces de vivir como vagos gracias
al trabajo de los catalanes (catalanes que son en parte andaluces e hijos de
andaluces) al mismo tiempo que tratan de charnegos a los hijos de andaluces no
independentistas; se acostumbra a tratarlos de brutos, de palurdos y de
violentos sin educación (aunque nadie en Cataluña lo acepta con naturalidad, se
dice en la intimidad y como de pasada porque los independentistas catalanes
reservan la acusación de racistas para los españoles).
Y también es cierto que los españoles se
sienten traicionados porque gozando de un estatuto de autonomía que sí no es el
más amplio de todo occidente está en los tres primeros lugares, razón por la
cual no entienden la necesidad de tratar a España como un nido de brutos, bandidos
y franquistas como regulamente lo hacen los independentistas que, presos de sus
propios discursos, siguen sin entender que insultar al estado español es
insultar a la nación española que se ha construido a su alrededor.
Y también es cierto que nada garantiza que si
se realizase un referéndum y lo perdiesen los independentistas, en poco
tiempo no planteen otro y otro y otro hasta que por cansancio y hartazgo ganen;
con la absoluta seguridad (de acuerdo con la ley de transición y con el
proyecto constitucional presentado en el 2017) que una vez ganado no permitirán
un otro para re anexionarse a España.
Y también es cierto que las tendencias irredentistas
de los independentistas (Els països catalans) llevarán a un nuevo
enfrentamiento entre una teórica República Catalana y el Reino de España por
Valencia, la franja de Aragón y las islas Baleares, pues no existe manera
lógica de entender que se quiera la independencia de Cataluña sin su ampliación
a lo que han construido dialécticamente como su espacio vital, histórico y
político.
Y también es cierto que una pequeña parte del
independentismo pretende iniciar un trabajo de extirpación de la lengua
castellana con la finalidad de establecer una República Catalana monolingüe,
con propuestas muy minoritarias pero que cada vez son más frecuentes en las
redes sociales respecto a negarles a los charnegos el derecho a ser ciudadanos
catalanes, exigiendo que se contenten con permiso de trabajo y residencia, o
directamente pidiendo la expulsión de todos aquellos catalanes que pertenezcan
a partidos no independentistas; con el argumento que son colonos y no catalanes
(tragicomicamente, el reverso exacto de la propuesta de Vox, pero cambiando
catalán por castellano)
Como se puede ver, todos tienen razones y
temores legítimos para mantener sus posiciones y negarse a negociar en serio,
pues hoy mismo me queda claro (con las intervenciones del President y de Iceta)
que los independentistas entienden como negociación y dialogo que el Estado
Español agache la cabeza y acepte todas sus exigencias; y como contrapartida e
imagen especular, España pretende garantizar que el diálogo no se desarrolle
sobre las exigencias de los catalanes independentistas, como si alguien pudiese
dialogar o negociar algo diferente de aquello que es el centro de su
inconformismo.
Ahora, el independentismo institucional,
partidario y organizado a través de la sociedad civil pierde el control de la
calle y empiezan a desatarse movimientos violentos, anarquistas y con el solo
objetivo de enfrentarse a la policía; y que son al mismo tiempo causa y
consecuencia de la represión policial, de la frustración de un independentismo
que ha confiado en sus líderes y que perciben que se cierra definitivamente la
posibilidad de llegar a las promesas que habían recibido y no por falta de
voluntad de sus líderes.
Quisiera terminar esta entrada diciendo que
esto ha terminado, o que hay una esperanza cierta de resolverlo en el corto
plazo con un arreglo razonable, pero no lo veo claro. Es un problema que
desgastará durante décadas a España y a Cataluña
Comentarios
Publicar un comentario