El nuevo fascismo que acecha nuestro tiempo

Hace un par de meses tengo pendiente hacer una entrada sobre los orígenes de la separación estado iglesia y como la estructuración del poder en occidente durante la edad media provocó dicho fenómeno histórico, pero desafortunadamente en este mundo cambiante a veces solo podemos reaccionar a las nuevas circunstancias que modifican el balance de las relaciones de poder en un mundo en una crisis permanente y que por tanto busca nuevos fundamentos para estabilizar las relaciones sociales al interior de unos estados que, a pesar de un debilitamiento evidente, siguen teniendo un poder incomparable, y al exterior de los mismos en unas relaciones internacionales básicamente imprevisibles y que cuentan con unos mecanismos de interrelación cada vez más caducos y desfasados de las nuevas realidades globales.

En este sentido, cobra inusual relevancia un tema que hasta la fecha se había tratado más como un asunto estrictamente teórico que como una realidad práctica: el manejo de una pandemia y la necesidad de tomar medidas extraordinarias para intentar parar la expansión de un virus de consecuencias imprevisibles.

Ahora, como este es un blog que intenta reflexionar sobre el poder y las relaciones sociales, políticas e históricas, pretendo analizar desde una perspectiva política las medidas que se han tomado y las reacciones que se han presentado en las sociedades occidentales ante la expansión imparable del coronavirus,

Para ello, se me hace necesario hacer una reflexión previa sobre un elemento constitutivo de las sociedades modernas y que ha sido ampliamente tratado por Foucault, y es el hecho evidente que vivimos en sociedades cuya dominación se ejerce con mecanismos de poder bio políticos y que tienen como función hacer vivir y encuentra su único límite en la muerte, pues es un fenómeno sobre el cual no tiene un control real y que por tanto no puede administrar más allá como un hecho inexorable frente al cual solo puede dejar que suceda. 

Ello se ve reflejado en el cada vez más carácter privado y casi escondido que toman los funerales, salvo los de Estado que en todo caso se centran en recordar las acciones del muerto y su sabia repercusión en la sociedad sin mencionarse mucho ni la muerte ni los posibles destinos que avoca.

Ahora, como quiera que el poder no es una relación vertical establecida exclusivamente entre los gobernantes y los gobernados, sino que es más bien una condición misma de las relaciones humanas y que se encuentra presente en todas las formas de relación contaminándolas y al mismo tiempo moldeándolas, la existencia de la bio política no tiene efectos únicamente en los mecanismos de control administrados por el estado, sino que han modificado la microfísica del poder y han generado una visión diferente sobre el fenómeno de la muerte como mecanismo final de la vida y de las relaciones sociales.

Esta disolución de la personalidad con la muerte era percibido como algo normal e incluso necesario en la edad media, donde se consideraba que la muerte era el primer paso para llegar a la otra vida donde serían recompensadas (o no) las acciones y, sobre todo, la fe de los creyentes y por tanto era asumido como un paso más o menos doloroso pero normal e inevitable; es asumida en la época bio política como una desgracia inevitable y que no tiene otra función que el apartamiento permanente de la persona de su grupo social. Como diría el Genial García Márquez, "morir es no estar nunca más con los amigos", es decir, es una amputación permanente que sufre el individuo sobre su entorno y, por extensión, de su sociedad.

Esta actitud supone que la gente no tiene una actitud tan ambivalente ante la muerte como en la edad media, y la considera una desgracia sin paliativos y por lo tanto una buena parte de los esfuerzos económicos de las sociedades contemporáneas se han dirigido de manera persistente a mejorar las condiciones fitosanitarias y a la investigación de las enfermedades con especial énfasis en aquellas que recortan la esperanza de vida de las personas, o directamente llevan a su muerte.

De hecho, aceptamos pagar tasas altas de impuestos  y de contribuciones con tal de contar con una calidad de vida creciente expresada, entre otros, en un aumento de la expectativa de vida y en las condiciones en que se envejece y se vive la vejez en nuestros entornos sociales.

Esto explica, desde la perspectiva política e incluso económica, la existencia creciente de fármacos contra todo tipo de dolencias y los ingentes recursos que se destinan a investigar tratamientos y medicinas para enfrentar todo tipo de dolencias con la finalidad de erradicar enfermedades (tanto sí son endémicas como si son huérfanas) que puedan poner fin (o al menos retrasar) a la muerte como mecanismo de extinción de la personalidad humana.

Esto supone, entonces, que la presencia de nuevas enfermedades y la sola posibilidad de la expansión de una dolencia nueva y desconocida, sin importar que su tasa de mortalidad sea baja, produce una reacción histérica en las masas que buscan mecanismos de protección contra la misma y desatan sus más bajas pasiones en forma (como no) de ataques racistas y etnicistas contra los chinos y orientales en general, por tener la mala fortuna de que sea en su parte del mundo que se generó el brote de coronavirus que avanza imparable por el mundo.

Esto además, ha servido de laboratorio perfecto para analizar nuevas formas de restricción de los derechos fundamentales de los ciudadanos europeos, de tal manera que sin sonrojarse hoy se alaba públicamente a la dictadura china por las exorbitantes medidas tomadas que llevaron al toque de queda a decenas de millones de sus ciudadanos y se lamenta que no se pueda hacer en occidente lo mismo. Repitámoslo más despacio. Se alaba a la dictadura china por la violación masiva de los derechos humanos de su población y se lamenta que las constituciones europeas no permitan una violación masiva so pretexto de controlar una enfermedad con un índice de mortalidad que, fuera de china, no alcanza el 2%, centrado fundamentalmente en personas con problemas graves previos de enfermedades respiratorias.

Y lo más preocupante no es que esto pase, en general a los gobernantes europeos les molestan tanto las restricciones legales al uso de su poder como a cualquiera, lo preocupante es que dentro de la sociedad civil y los partidos políticos que suelen servir de contrapeso a las aspiraciones de los gobernantes, en un complejo entramado de pesos y contrapesos construido desde la revolución francesa, callan y asienten ante este tipo de pronunciamientos.

Italia aísla 11 poblaciones que considera origen del foco de la enfermedad en su país, lo hace con el ejército estableciendo un estado de sitio de facto y amenazando a sus pobladores con tres meses de cárcel sin que nadie proteste y, lo que es posiblemente lo que más me asusta sin que ni siquiera una sola persona haya retado ni legal ni fácticamente la orden del gobierno italiano.

En España se empiezan a oír gritos indignados en todo el espectro político porque no se ordena de manera inmediata la suspensión de la marcha feminista del 8M, se ordena jugar eventos deportivos masivos sin público sin que se oigan más protestas que las de los integrantes de las peñas más acérrimas de los equipos afectados, se habla de suspender clases e incluso se insinúa la necesidad de aislar sectores enteros de la población por prevención.

Todo esto pasa sin que nadie levante su voz de protesta, se pregunte ya no solo si no se está cayendo en una histeria innecesaria por una enfermedad que parece ser una nueva gripe que llegó para quedarse, sino si se están respetando los límites legales nacionales y europeos, y sin que la toma de tan extraordinarias medidas restrictivas de la libertad de todos, produzca mella en el soporte de las poblaciones a los dirigentes políticos que toman este tipo de medidas.

Esto es un laboratorio especialmente diseñado, aunque de manera inconsciente, para que las oleadas populistas de extrema derecha que recorren el continente tomen nota de cuál es el camino para imponer sus ideas y mantener controladas a las poblaciones europeas histéricas de miedo y dispuestas a ceder su libertad con tal de que se les garantice la seguridad que serán adecuadamente protegidos de las amenazas biológicas como lo son (más o menos) de las amenazas terroristas.

Cerraré este post con preocupación, diciendo que me estoy convenciendo cada vez más que si fuera un brote de ébola o de una enfermedad con una tasa de mortalidad elevada, se impondrán gobiernos autoritarios por todo el continente con el aplauso a rabiar de las masas enloquecidas de miedo



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